TALLER: "Integrar el dolor y la muerte..."

19 3 15 4Durante los días 16 y 17 de marzo (el sábado, en horario de mañana y tarde, y el domingo solo en horario de mañana), se desarrolló el taller “Integrar el dolor y la muerte en el horizonte de la felicidad”, con el que se cierra el programa trienal 2017-2019 “Buscar con sabiduría senderos de felicidad”, conducido por Emma Martinez Ocaña, teóloga y psicoterapeuta.

El grupo de participantes tenían en común, entre otras cosas, la búsqueda de integración personal, su madurez humana y cristiana, el silencio como camino de liberación personal y social, y el deseo de aprender a saber mirar y mirarse con honradez y fidelidad.

A lo largo del taller, Emma fue desarrollando el tema “El camino de integración de la felicidad con el dolor, la superación del sufrimiento y la muerte”, terminando cada sesión con una meditación guiada. El sábado por la tarde, después de compartir un delicioso y gratificante almuerzo, también dirigió una sesión de Chi-Kung, para ayudar a eliminar tensiones y estrés. Finalizó el sábado con una puesta en común de lo vivido durante el día.

Comenzó Emma con una perspectiva psicológica hablando de que el dolor y la muerte son realidades vitales insoslayables; el dolor forma parte de nuestra vida y es fruto de nuestras vulnerabilidades física, psicológica, ética, espiritual, así como de nuestro escaso compromiso sociopolítico y nuestra desvinculación con la madre tierra. Caracterizó al dolor como una alarma natural que nos hace estar vigilantes ante algo que se constituye en amenaza y dijo que la muerte es siempre una experiencia dolorosa, especialmente cuando es prematura e injusta, y que afrontarla es siempre una tarea penosa.

Prosiguió enumerando las diversas posturas que adoptamos para poder integrar el dolor en el horizonte de la felicidad: ignorarlo, evitarlo, buscarlo o instalarnos en él, dejarnos vencer por él, hipostatizarlo personalizándolo (¿Qué he hecho yo para merecer esto?, ¿Por qué a mí?), religiosizarlo, enfrentarnos a él, dialogar con él e integrarlo; es decir, acogerlo como una realidad en nuestra vida.

A continuación expuso el mecanismo con el que los seres humanos convertimos el dolor en sufrimiento, del siguiente modo: el dolor sería un dato generado por un estímulo y el sufrimiento la interpretación que hacemos de ese dato. A partir de aquí, podemos convertir el dolor en sufrimiento de dos maneras: sana e insana, o, lo que es lo mismo, integrada o desintegradamente; y se detuvo para profundizar en las consecuencias de una elaboración insana de la experiencia de dolor. Actuando de este modo, explicó, aumentamos el poder destructivo que tiene el dolor. El sufrimiento “quema” nuestra persona y la desintegra, dándole poder al dolor sobre nuestra vida entera.

Para finalizar esta perspectiva habló sobre cómo integrar el dolor y la muerte en el horizonte de la felicidad. Partió de la afirmación de que el dolor siempre duele y recalcó que eso es lo primero que tenemos que afirmar: es imposible soñar una vida sin dolor ni sufrimiento. Para poder integrar sanamente el dolor –dijo– hay que renunciar al menos a dos preguntas: ¿Por qué? y ¿por qué a mí? La pregunta sobre el porqué no tiene respuesta; ni la filosofía, ni la ciencia, ni la religión aciertan a dar una explicación adecuada. El dolor, el sufrimiento y la muerte son compañeros de camino indispensables, nuestra felicidad necesita encajarse en este horizonte. Por otra parte, el dolor y la muerte leídos desde la vida y muerte de Jesús nos revelan que éstos no son la última palabra sobre la vida.

El dolor, desde la perspectiva espiritual y religiosa, puede ser un lugar de revelación para saber quién soy yo y cómo manejo el dolor ante mi fe.

Seguidamente analizó cómo se situó Jesús ante el dolor, cuya postura no fue otra que dejarse afectar por el dolor de los otros, hacerse próximo, acercarse, poner lo mejor de sí para aliviarlo y tratar de erradicar las causas de ese dolor, asumiendo las consecuencias que eso supone, que en su caso llegaron hasta la muerte.

Ante el dolor físico, Jesús intenta curar, sanar…, poner su poder al servicio de lo que pudo hacer cuando le fue posible hacerlo. De hecho, encontramos en los evangelios dos momentos clave en los que Jesús reconoce su impotencia: uno de ellos fue cuando en su pueblo no pudo hacer ningún milagro y el otro cuando llora sobre Jerusalén (Lc 19, 41-44).

A este respecto –comentó Emma– es importante asumir la impotencia del amor: en unas ocasiones el amor puede y en otras no, tal vez porque la persona no está preparada para recibir ese amor que se le ofrece o no tiene fuerzas, dentro, para superar una dificultad. En ese caso, el amor le sirve a quien ama; siempre, el primer beneficiado es la persona que ama.

Ante el dolor de la injusticia y la violencia de su tiempo Jesús denunció a las autoridades religiosas, a las autoridades políticas, a los fariseos, que ponían cargas sobre los demás que ellos no asumían; denunció las causas del dolor físico, religioso, político y económico, y por eso lo mataron.

Ante su propio dolor, Jesús se sabía difamado, pero no por ello trató de librarse de las calumnias, de las injusticias, de las torturas ni de la muerte injusta. Pese a todo, sigue llamando al Padre ‘Abba’. No entiende lo que está sucediendo, pero no deja de invocar a su Padre. Jesús no evadió el dolor, no lo negó, no lo filosofó, sino que lo miró de frente y lo compartió (“estoy triste hasta morirme de tristeza”).

Ante la muerte de los demás, Jesús aparece como el que resucita a los muertos. Esta es una imagen simbólica para dar a entender que Jesús pasó por este mundo dando vida a quienes se creían muertos.

En este sentido, ¿qué imagen de Dios podríamos intuir que se revela en Jesús? Se nos muestra un Dios entregado y pasivo (“Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo”). Dicho de otro modo, se nos muestra un Dios en Jesús que no violenta la libertad de los demás para salvar a Jesús, su Hijo, ni a todos los millones de hijos que mueren; ha entregado el mundo y la humanidad en nuestras manos y de nosotros depende, en gran parte, construir un mundo más justo o más injusto; generar una sociedad acogedora o excluyente, acompañar a quien sufre o abandonarlo.

Podríamos decir que Dios es impotente ante la libertad de los seres humanos; nos hizo seres libres, con capacidad de matar, machacar, excluir, asesinar,… Este es, quizás, el misterio más importante de la vida: la capacidad que tiene el ser humano de destruir a otros seres humanos y al planeta. El Dios-Amor solo expresó ese amor padeciendo en su Hijo y en todos los hijos. Dios es Dios en todo lo que es: está en los asesinos y en los asesinados.

Si creemos que Dios es en todo, -terminó– es en mí cuando estoy contento y también cuando sufro. La esperanza que nos alienta es que donde no llegan nuestro amor ni nuestras manos, llega el Dios del amor y que Dios no será Dios definitivamente hasta que no sea todo en todos, ya que lo único que salva es el amor. Salva a quien lo ofrece y salva a quien es capaz de acogerlo, pero jamás se pierde el amor que se da, pues no se pierde en quien lo da; por lo tanto, el primer salvado por el amor que da es la persona que lo da, pues se va liberando del egoísmo, del egocentrismo y ampliando las fronteras en el ser sabiendo amar.

Como colofón del taller, los participantes compartieron una emotiva y gratificante oración celebrativa.

Texto y foto: C.C.P.