"Jesús de Nazaret, testigo de la entrañable misericordia de Dios".

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El pasado día 15 de marzo, Emma Martínez Ocaña, teóloga, psicoterapeuta y miembro de la Institución Teresiana, visitó el Centro Cultural Poveda para pronunciar su conferencia titulada "Jesús de Nazaret, testigo de la entrañable misericordia de Dios".

Desarrolló su intervención en cinco apartados:

En el primero de ellos, que tituló “Dios Madre-Padre: un Dios con entrañas fecundas y misericordiosas”, comenzó haciendo una pequeña aproximación al término ‘rahamim’ (de la raíz ‘rehem’: seno materno, entrañas maternas), una parte del cuerpo humano femenino, el útero, que los autores del Antiguo Testamento terminan aplicando a Dios, aunque nunca le aplican el género femenino, sino un Él (masculino) que tiene útero (entrañas, es otra posible traducción) misericordioso. En el Antiguo Testamento, el único sujeto del término ‘rahamim’- ‘rehem’, es ‘Yahveh’, un Dios al que se le estremecen las entrañas. En griego, ‘estremecerse las entrañas’ es ‘splagnizomai’, un verbo que aparece siete veces en los evangelios aplicado a Jesús, aunque a veces se traduce por ‘se le conmueven las entrañas’. Como ejemplos citó el caso de las parábolas del padre bueno, el buen samaritano o el siervo sin entrañas.

En un segundo momento, titulado “El Dios de la Biblia ¿más Madre que Padre?” presentó otros pasajes menos conocidos, en los que el Dios de la Biblia aparece caracterizado más como madre que como padre; por ejemplo, en Isaías 49, 15 se dice: “¿Puede una mujer olvidar a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Aunque ellas se olvidaran, yo no te olvidaré”. Otra cita aún más contundente a este respecto la encontramos en Isaías 42, 14, donde Dios es presentado como una madre que da a luz sufriendo dolores de parto, y pone en boca de Yahveh estas palabras: “Por mucho tiempo he guardado silencio, he estado callado y me he contenido. Pero ahora grito como mujer de parto, resuello y jadeo a la vez”. Esta visión de Dios se refuerza, de nuevo, con otra cita de Isaías (54, 10): “Aunque se retiren los montes y vacilen las colinas, no te retiraré mi lealtad ni mi alianza de paz vacilará -dice el Señor, que te quiere.

“Jesús, revelación de la entrañable ternura de Dios”, fue el título que dio a la tercera parte. En ella, desarrolló la idea de que Jesús recoge la tradición de un Dios con entrañas de misericordia y toda su persona se deja alcanzar por esa experiencia de la misericordia de Dios y se presenta con unas características absolutamente distintas a la imagen de Dios que tenía el pueblo judío.

19 3 15 2Los varones judíos –dijo– rezaban así cada mañana: “Te doy gracias, Señor, porque soy varón y no mujer; porque soy judío y no pagano; porque estoy sano y no enfermo; porque soy justo y no pecador”. Esta oración recoge el centro de la vida religiosa judía; es decir, los depositarios del reino eran varones, judíos, sanos y justos. En la periferia quedaban las mujeres, los paganos, los enfermos y los pecadores. Jesús, en cambio, hace de la periferia su centro y cuando le preguntan: “¿Y tú con qué autoridad haces eso?”, blasfema y responde: “porque así es Dios, que hace salir el sol sobre buenos y sobre malos, sobre justos e injustos”.

Jesús cree en un Dios de la misericordia, se deja alcanzar por Él y por eso es capaz de transgredir las leyes religiosas de su pueblo y de ponerse siempre a favor de las personas, sobre todo de las más desfavorecidas.

El cuarto momento fue el titulado “Jesús de Nazaret, testigo visible de la misericordia entrañable de Dios”. Para desarrollarlo partió del relato del bautismo de Jesús, que todos los evangelistas narran de una manera teofánica y que, para Jesús, fue una experiencia fundante. Recordó el pasaje bíblico, en el que estando Jesús en el Jordán para bautizarse, puesto a la cola con los pecadores “se abrió el cielo, bajó una paloma y se escuchó una voz”.

Jesús, en ese momento, vive el descubrimiento profundo de quién es Él y quién es Dios. A partir de entonces, Jesús no volvió a ser el mismo, no volvió a su trabajo, sino que lo dejó todo y se dedicó a predicar. Se dio cuenta que Él era –como todos los seres humanos– un hijo amado incondicionalmente, y esta no era la imagen de Dios que tenía el pueblo.

Lo que mueve a Jesús es el dolor de los que sufren, y por eso hablaba de un Dios con entrañas de misericordia; quería romper el esquema del Dios del miedo, que pide cumplimiento de la ley, y demostrar que lo que realmente importa es vivir como hijos amados y como hermanos.

Para la conferenciante, si tuviéramos que señalar las dos palabras claves del cristianismo, estas serían ‘filiación’ y ‘fraternidad’; es decir, vivir como hijos confiados, seguros del amor incondicional del Padre y procurar la auténtica hermandad o fraternidad, sintiendo como propios el dolor o el gozo del hermano, como hacía Jesús.

19 3 15Volvió de nuevo al término ‘splagnizomai’ (‘estremecerse las entrañas’) para explicar que de las siete ocasiones en que aparece en el evangelio, en algunas de ellas el sujeto es el pueblo, la plebe, la chusma. A Jesús se le conmueven las entrañas de dolor con los más desfavorecidos, los ciegos, los leprosos, las viudas,… Pero no se trataba solo de una emoción, sino que se le conmueven las entrañas y actúa, cambiando por completo la vida de las personas afectadas.

“La verdadera misericordia –concluyó– no se limita al sentimiento, sino que dinamiza a la persona para tratar de reparar el daño que está sufriendo el hermano y, desde ese punto de vista, es una misericordia que escandaliza”. Puso como ejemplo algunas parábolas, como la de los obreros de la viña, en la que no se aborda la justicia distributiva, sino la justicia que brota de la misericordia, y que da a cada uno lo que necesita; la parábola del buen pastor, en la que se rompe por completo la idea tradicional de justicia para mostrar que los perdidos son los predilectos de Dios, y otras.

La quinta idea, bajo el epígrafe “Cuando nuestras entrañas son alcanzadas por la Misericordia de Dios” desarrolló la tesis de que cuando nos sentimos amados incondicionalmente, no por nuestros méritos, sino porque así es el amor de Dios, no podemos pasar por la vida indiferentes ante los que se sienten perdidos, huidos, abandonados, etiquetados, etc. Si de verdad nos dejásemos alcanzar por la misericordia de Dios, se nos conmoverían las entrañas y así, a las personas con las que convivimos o que se acercan a nosotros, se les abrirían los ojos, ciegos a su propia belleza, a lo bueno que hay en ellos. Como Jesús, podemos ayudar a abrir los ojos para descubrir el dolor de nuestro mundo, para descubrir la verdad desde la mirada de Jesús y comprender quién está arriba y quien está abajo, quien está dentro y quien está fuera, y ayudarnos mutuamente.

Quizás nos sorprendamos cuando veamos que es posible colaborar con Él con nuestras pequeñas manos en la continua recreación del mundo, en la reconstrucción de las personas. Tal vez –terminó– sea esta una de las tareas más hermosas de la vida; ayudar, como Jesús, a cooperar en la re-creación del mundo desde nuestras entrañas de misericordia.

Seguidamente se abrió un enriquecedor coloquio, donde distintos participantes compartieron su opinión sobre lo expuesto durante la conferencia y plantearon algunas cuestiones a la ponente.

Texto y fotos: C.C.P.