Jesús y la religión

19 3 8 1   El pasado 8 de Marzo, continuando con el Seminario de Cristología, tuvo lugar, a cargo del sacerdote D. Pedro Heredia, el tercero de los encuentros, en el que se profundizó sobre el tema “Jesús y la religión”.

   El ponente comenzó su exposición explicando la evolución del cristianismo en los cuatro primeros siglos. Tras la muerte de Jesús, en los siglos I y II, las comunidades cristianas se reunían en la casa de alguno de los hermanos y allí recordaban y explicaban sus enseñanzas.

   Casi a finales del siglo III, y a medida que iban creciendo las comunidades, surgió la necesidad de reunirse en un lugar más grande. De este modo comenzaron a edificarse los primeros templos cristianos y con ellos la tarea de su cuidado y mantenimiento que, siguiendo el ejemplo de los judíos, fue encomendada a personas que se dedicaban a ello en exclusiva, apareciendo la figura del sacerdote.

   En el siglo IV, consciente del progresivo crecimiento de las comunidades cristianas, el emperador romano Constantino pensó en utilizarlas para cambiar la sociedad romana y promulgó el Edicto de Milán en el año 313, por el que se decretaba la libertad religiosa en el imperio. Posteriormente, su sucesor Teodosio declaró el cristianismo como la única religión imperial legítima. A partir de este momento, las comunidades cristianas no solo dejan de estar perseguidas, sino que gozan de protección y hasta de cierto poder.

   Seguidamente, el ponente dedicó unos momentos a clarificar el concepto ‘religión’, que aún hoy no consigue la unanimidad de los especialistas en cuanto a su origen.

   Marco Tulio Cicerón [106-43 a. C.], explica la etimología de la palabra haciéndola derivar del sustantivo religio que procede, a su vez, del verbo relegere, que significaba literalmente releer, volver a leer, aunque Cicerón define el término como tratar cuidadosamente [todo lo relacionado con los dioses].

   Frente a esta teoría, en el siglo IV d. C. Lactancio propone que la palabra ‘religión’ deriva de otro verbo morfológicamente muy similar, aunque semánticamente muy diferente: re-ligare, es decir, volver a atar; dicho de otra manera, unir al ser humano con la divinidad.

   El diccionario de la Real Academia Española define ‘religión’ como el “conjunto de creencias o dogmas acerca de la divinidad, de sentimientos de veneración y temor hacia ella, de normas morales para la conducta individual y social y de prácticas rituales, principalmente la oración y el sacrificio para darle culto”.

   Así pues, la religión quedaría definida como un conjunto de ritos, normas y leyes morales que al ser practicados y obedecidos por los creyentes les asegurarían el acceso a Dios. Todas las religiones se basan en esta misma estructura.

   Pero aceptándola estaríamos dando por supuesto que la iniciativa, el mérito, el premio de alcanzar el contacto con la divinidad dependería exclusivamente de la persona, lo que supondría que toda religión es fruto de la inteligencia humana, no de la intervención divina. Para poner las cosas en su justo término es necesario distinguir en el análisis los conceptos ‘religión’ y ‘Dios’.

   Pero la realidad es que los cristianos, a partir del siglo IV, revistieron el mensaje de Jesús con todos los elementos referidos, a los que prestaron mucha más atención que a los evangelios y tal vez fue ese el primer origen de los problemas de naturaleza religiosa (cristiana) a través del tiempo. Dice José Comblín: “Podemos decir que la historia del cristianismo es la historia de una tensión o de un conflicto entre religión y evangelio”.

19 3 8 2   La palabra ‘religión’ solo se menciona una vez en el Nuevo Testamento, en la carta de Santiago (1, 27), en la que aparece en un sentido positivo: “Religión pura y sin tacha a los ojos de Dios Padre es esta: mirar por los huérfanos y a las viudas en sus apuros, y no dejarse contaminar por el mundo”.

   Desde este punto de vista, se puede afirmar que Jesús no fundó ninguna religión, no fue un profesional de la religión, aunque tuvo una personalidad religiosa única.

   El Papa Francisco, en la Jornada Mundial de la Juventud de este año, en Panamá, dijo citando a San Òscar Romero: “el cristianismo no es un conjunto de verdades que hay que creer, de leyes que hay que cumplir, o de prohibiciones. Así resulta muy repugnante”.

   Jesús, por el contrario, ofreció un proyecto de vida: “tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; estaba desnudo, y me vestisteis…”(Mt 25, 34 - 36), ejemplificado en la parábola del Buen Samaritano (Lc 10, 30 – 35). Su proyecto no se basaba en prácticas ni leyes religiosas. Él les antepuso siempre la atención a los más necesitados; es decir, el hermano es lo primero. Jesús nos dice que cuando nos acercamos a cada una de las personas que están disminuidas, rechazadas por la sociedad y por la religión, es cuando verdaderamente estamos acercándonos y creyendo en Él. Por esto, José Mª Castillo escribe: “Sabemos que Jesús, aquel galileo del que se suele decir que fue el “fundador” del cristianismo, se llevó mal, muy mal, con la religión y entró en conflicto con ella hasta el extremo de que fue perseguido por los clérigos y teólogos de entonces, hasta tal punto que fue encarcelado por los hombres del templo, fue llevado a los tribunales, juzgado, condenado y al final de sus días fue precisamente la religión quien lo mató.”

   Jesús fue un creyente excepcional, que se identificó completamente con Dios hasta el extremo de poder afirmar con toda verdad “El que me está viendo a mí, está viendo al Padre” y más tarde dar su vida por Él; por esta razón puede decirse que Jesús es el más grande de los religiosos. El mensaje de Jesús fue explicar a la gente quien es su Abba y qué quiere. El suyo jamás fue un mensaje religioso; lo que realmente le interesaba, como a su padre Dios, eran los seres humanos. El origen y la razón de ser de toda religión es la persona humana.

   Jesús, aunque fue el mejor de los creyentes, nada tuvo que ver con la religiosidad al uso, porque conoció y vivió tan intensamente quién era Dios. La religiosidad que vivió y enseñó a la gente no se ajustaba a la religión establecida.

   En ninguno de los evangelios se menciona que Jesús asistiera a ningún acto religioso ni a ningún acto especial para ofrecer sacrificios; solamente se dice que en ciertas ocasiones fue a la parte exterior del templo para hablarle a la gente de su mensaje, de su Abba y su Reino. De hecho, Jesús se enfrentó muchas veces contra lo que la religión había hecho del templo, alguna de ellas con bravura. No permitía que se le llamase Casa de Dios, porque era un lugar en el que se explotaba a los más pobres, y llegó a denominarlo cueva de ladrones (Mt 21, 13). Este enfrentamiento sería, a la larga, la causa de su muerte

   Terminó la parte expositiva de la charla ofreciendo algunos ejemplos de cómo la religión ha entrado muchas veces en conflicto con el evangelio: la religión establecida propone la cruz como signo del cristiano cuando, según el evangelio se les debe reconocer por el amor mutuo; o la consideración oficial del templo como la Casa de Dios, cuando el verdadero templo es el ser humano (cfr. I Cor, 6, 19) entre otros.

   El evangelio de Jesús no es una religión, sino una invitación a que todos los seres humanos se pongan mutuamente al servicio unos de otros, especialmente de los más necesitados; dicho de otro modo, a hacer real y tangible el Reino de Dios, lo que no se podrá llevar a cabo desde el poder, sino a través del servicio.

   Es preciso entonces renovar el concepto de religión, darle paso al evangelio y hacer que Jesús, Dios y su mensaje, sean el centro de nuestra vida.

Texto y fotos: C.C.P.