LOS DESAFÍOS DE LA EDUCACIÓN ACTUAL A EXAMEN

18 11 30 1“¿Se puede educar a los alumnos del siglo XXI de la misma manera que se hizo con los del siglo XX?” Esta fue la pregunta con la que se inició la mesa redonda sobre los retos que la sociedad lanza hoy al sistema educativo y cómo afrontarlos, que convocó a un buen número de personas (muchas de ellas docentes, en ejercicio o jubiladas) el pasado día 30 de noviembre en el Centro Cultural Poveda, dentro de la programación-homenaje a Antonia López Arista en el centenario de su nacimiento.

La presentación del acto y moderación del mismo corrió a cargo de Gregorio Sánchez Raya, miembro del equipo del Centro y maestro.

Los ponentes fueron Francisco Campos Maza, profesor de Enseñanza Secundaria y director del IES “Ulia Fidentia” de Montemayor (Córdoba); Mª Luz Castilla Trillo, maestra de Ed. Infantil y Primaria en el CEIP “Padre Poveda”, de Linares; Francisca Marañón Palomares, especialista en Orientación Escolar y Profesional y Pedagogía Terapéutica, que trabaja en el centro concertado “Pedro Poveda”, de Jaén y Manuel Vega Mohedano, profesor de Enseñanza Secundaria y director del IES “López Neyra”, de Córdoba.

Tras la presentación, los miembros de la mesa fueron tomando la palabra para exponer cuáles son, a su juicio, los principales desafíos que la sociedad actual plantea a la educación y, en una segunda ronda, ofrecieron posibles vías de abordaje de los mismos. Para facilitar la comprensión de su discurso, en esta crónica, en lugar de separar ambas cuestiones, se presentarán en conjunto, como si se hubiese tratado de una sola intervención.

Se constataron bastantes coincidencias en cuanto al perfil que trazaron los intervinientes de los educandos, cuyo rasgo más definitorio es que están muy mediatizados por la revolución tecnológica, que los cualifica prácticamente desde la cuna para moverse con soltura por un mundo hiperconectado, pero que, al mismo tiempo, los hace muy dependientes de los dispositivos (hasta el punto de la adicción, en no pocos casos).

En su intervención, la profesora Castilla señaló otras características de las generaciones jóvenes, como el excesivo apego al consumo o la generalizada falta de tolerancia a la frustración. No parece ser ajena a esta realidad la diversidad de circunstancias familiares que vive nuestro alumnado, que restan, en ocasiones, tiempo de calidad y esfuerzo suficiente a la crianza armónica de los hijos, delegando la responsabilidad educativa tanto en el ámbito escolar como en los dispositivos tecnológicos, a los que definió como “la nanny más efectiva”. No son infrecuentes, entonces, en nuestras aulas, niños y niñas que no han vivido, hasta su llegada a la escuela, la experiencia del límite, lo que, de entrada, les provoca un rechazo que dificulta la labor del profesorado.

Enumeró después una serie de adjetivos que, a su juicio, deberán caracterizar la escuela del siglo XXI, que habrá de ser inclusiva (capaz de acoger las distintas realidades procedentes de la multiculturalidad, las diferentes creencias y las capacidades diversas del alumnado); digital, inteligente (en la clave de las inteligencias múltiples definidas por Howard Gardner); creativa, crítica, emocional (capaz de ayudar al alumnado a reconocer sus sentimientos y emociones y los de los demás); cooperativa, social (capaz de poner en relación el trinomio familia-escuela-sociedad) y estar basada en proyectos, más que en asignaturas. Para ello, tendrá que pasar de ser una escuela donde se enseña a una escuela donde se aprende, lo que implica, necesariamente, la redefinición de los roles del educador y del alumno y cambios en la formación del profesorado.

18 11 30 2Manuel Vega, por su parte, puso el acento en los “cambios intergeneracionales” –en expresión del profesor Fdez. Expósito– motivados por la revolución tecnológica y la sociedad en red (la “aldea global”, de Mc Luhan) en la que nos encontramos y que provoca tiranías varias, como las señaladas anteriormente, u otros efectos, como el carácter efímero de los conocimientos y la relatividad de los mismos. Señaló también la heterogeneidad de las demandas educativas y se preguntó, en este contexto, qué aprendizajes serían imprescindibles, para responderse, seguidamente, que, más que por transmitir conocimientos concretos, sería necesario apostar por una educación integral que dotara al alumnado de habilidades, procedimientos, capacidades…, en la línea marcada por el informe Delors para la UNESCO (1996): Aprender a conocer, aprender a hacer, aprender a convivir y aprender a hacer; y subrayó con mucha fuerza la necesidad de fomentar la capacidad crítica en los chicos y chicas.

Estos cambios exigen, entre otras cosas, el enfoque global, planetario de la educación; un cambio radical de las relaciones familia-escuela; aprender a gestionar la ingente cantidad de información que se recibe constantemente y la digitalización urgente del profesorado, que, de manera incomprensible, aún no se ha generalizado.

Coincidió con la ponente anterior en cuestiones como la importancia de la creatividad, de la educación de las emociones o del desarrollo de las inteligencias múltiples. Terminó poniendo de relieve que, en una sociedad compleja, plural, en conflicto, es necesario reconocer la dignidad y el valor de cada persona y apostar por una cultura de paz y diálogo, fomentada desde la escuela, que no puede ser ajena a los grandes problemas socionaturales a que se enfrenta la humanidad. Serán, pues, necesarias, nuevas metodologías colaborativas, en las que se tomen las decisiones por consenso, como el ya mencionado aprendizaje basado en proyectos.

El análisis de la profesora Marañón fue algo distinto, ya que trató de poner de relieve el impacto de las decisiones políticas en el terreno educativo, mostrándose muy crítica con las mismas. Desarrolló cinco aspectos que, a su modo de ver, están impidiendo que el alumnado reciba la formación adecuada. Estos, a grandes rasgos serían: el hecho de que la educación esté al albur de los vaivenes políticos (no en vano desde el advenimiento de la democracia se han sucedido seis leyes educativas, ninguna de las cuales se ha podido experimentar al completo en una generación de jóvenes, y recientemente se ha presentado un anteproyecto de la que podría ser la séptima); el hecho de encontrarnos en la llamada “modernidad líquida” (Bauman), en la que desaparecen los referentes, a la que habría que oponer una educación que tendiera a la autorrealización, la humanización y, de nuevo, al pensamiento crítico. Del mismo modo mostró su descontento con la formación inicial del profesorado en las universidades y expresó la necesidad de formar excelentes maestros, desde una triple vertiente: una selección más rigurosa de los candidatos a la docencia, un plan de estudios diferente, mucho más ajustado a las necesidades actuales, un acompañamiento profesional durante los primeros años tras la titulación –tipo MIR– y una formación continua (en clave, tal vez, de carrera docente). El maestro, pues, aparece como una figura clave en esa escuela llamada a transformar el mundo; maestros vocacionados, con una ética personal y profesional a toda prueba, que entienden y viven los cambios que están llamados a promover.

18 11 30 3Asimismo, abogó por encontrar la colaboración de la familia, abriéndoles espacios de relación personal, y verdaderos cauces de participación en la escuela. Ningún proceso educativo –afirmó– estará completo si falta alguna de estas dos instancias. En definitiva, partiendo de una frase atribuida a Albert Einstein (“Locura es hacer lo mismo una y otra vez esperando obtener resultados diferentes”) reconoció la necesidad de un cambio de paradigma educativo, si realmente se quiere responder a todas las urgencias del momento actual.

Este cambio de paradigma exige una visión humanista de la educación, caracterizada por la pedagogía del cuidado, que apuesta por una escuela inclusiva, participativa y democrática; una escuela en la que se fomenta la interioridad, que da la palabra al alumnado y le ayuda a diseñar sus proyectos de vida.

Para el profesor Campos, la clave está en plantearse qué tipo de ciudadanía existe, qué ciudadanía queremos formar y cuál debe ser la relación de la institución escolar –sea la que sea– con el entorno. En su análisis partió del carácter pluricultural de la sociedad, lo que no garantiza en modo alguno, más bien al contrario, unas relaciones adecuadas entre los distintos grupos que la integran. Habló de indiferencia, miedo y recelo ante el diferente, cuando sentimos que puede ponerse en riesgo nuestra identidad o nuestro estatus social y propuso pasar de la escuela pluricultural a la escuela intercultural; señaló también los retos derivados de la necesidad de superar los roles tradicionales de hombres y mujeres, en los que aún hay mucho que avanzar, y los que tienen que ver con la sostenibilidad del planeta en una sociedad fragmentada, fundamentalmente por el poder económico; una sociedad de la volatilidad, la inmediatez y el hedonismo, en la que se fomenta el individualismo ya que, para el mercado, la persona vale en función de lo que consume. Frente a esto, la escuela debe ser el lugar de la gratuidad, el lugar donde se fomente la cooperación y donde se propicien experiencias de interdependencia.

18 11 30 4En su segunda intervención hizo un análisis muy crítico de la cultura actual, que –dijo– está infiltrada de corrupción, favoritismos, falsificaciones, doble economía (aflorada y sumergida)…; una cultura en la que lo que se aprende y se vive en el colegio está absolutamente desvinculado del entorno familiar, en la que tanto la familia como el estado hacen dejación de funciones educativas, cuando lo que la realidad está demandando es justo lo contrario: el trabajo al unísono de la escuela, la familia y los poderes públicos, en la línea que habían mencionado otros ponentes.

Habló también de la movilidad como una de las características de las sociedades actuales, que viven de manera particularmente intensa los jóvenes. La escuela debe estar presente en estos procesos, dotándolos no solo de herramientas de comunicación, sino preparando también su cabeza y su corazón.

En resumen, para este interviniente, la educación tiene la responsabilidad de la transformación social a todos los niveles; la escuela del siglo XXI debe ser, ante todo, una escuela transformadora, en la que –de nuevo este concepto– las emociones de todos los actores son reconocidas y comprendidas. De este modo, la finalidad de la educación pasará de formar individuos con capacidad de consumir a tratar de formar personas, en el mejor sentido del término y para ello señaló la necesidad de encontrar caminos para cultivar la interioridad, la espiritualidad en la escuela.

Fueron casi dos horas muy muy intensas de análisis y reflexión, tras las cuales apenas hubo tiempo de abrir diálogo con el público. No obstante, las personas que intervinieron agradecieron a los ponentes la visión de la educación, realista pero esperanzada, que habían transmitido. Asimismo se propuso la idea de que, a partir de los temas que apenas se habían podido apuntar, se organicen nuevos encuentros de carácter más monográfico, que podrían cristalizar, en el futuro, en la creación de un foro permanente en torno a la cuestión educativa impulsado desde el Centro.

Texto y fotos: C.C.P.