"El camino del sentido de la vida"

18 3 17 1   Durante los días 17 y 18 de marzo (el sábado, en horario de mañana y tarde, y el domingo solo en horario de mañana), se desarrolló el taller “El camino del sentido de la vida”, que está enmarcado en el programa trienal 2017-2019 “Buscar con sabiduría senderos de felicidad”, conducido por Emma Martinez Ocaña, teóloga y psicoterapeuta.

   El grupo de participantes tenían en común la búsqueda de integración personal, su madurez humana y cristiana, el silencio como camino de liberación personal y social, aprender a saber mirar y mirarse con honradez y fidelidad, etc.

   A lo largo de las distintas sesiones del taller, Emma fue desarrollando el tema “Encontrar un sentido a la vida como camino de felicidad”, terminando cada una con una meditación guiada. El sábado por la tarde, después de compartir un delicioso y gratificante almuerzo, también dirigió una sesión de Chi-Kung, para ayudar a eliminar tensiones y estrés. Finalizó el sábado con una puesta en común de lo vivido durante el día.

   En la parte teórica, Emma comenzó con la cuestión ¿Qué es encontrar sentido a la vida? Para ello recurrió a una frase de Viktor Frankl, psiquiatra y neurólogo judío-austríaco, sobreviviente a varios campos de concentración nazis, cuando dice, citando a Nietzsche: “Quien tiene un porqué para vivir puede soportar casi cualquier cómo”. En los campos de concentración, cuando lo habían despojado de todo, incluso del nombre y su identificación era solo un número tatuado en su cuerpo, descubrió que nadie podía quitarle el poder que daba sentido a su muerte.

   Por lo tanto, encontrar sentido es una necesidad humana, aunque no basta con encontrar sentidos parciales, sino un sentido global.

   Prosiguió con otra cuestión: ¿Qué es lo difícil de encontrar sentido a la vida? En este punto habló de las dificultades culturales, basadas en los tres grandes instintos básicos que hemos heredado de los animales: el placer, el poder y el miedo; así como de las dificultades personales y circunstanciales. Se refirió a personas que no han tenido una buena formación psicológica, ni espiritual, a las que la religión recibida no les sirve y, por lo tanto, no tienen dónde sustentar valores y horizontes.

   Continuó proponiendo caminos hacia la búsqueda de un sentido para la vida.

   En primer lugar, la búsqueda de la propia identidad, los esfuerzos por poder desplegar todas las capacidades, las potencialidades personales, desarrollar todo lo que llevamos dentro.

   En segundo lugar, aprender a caminar más allá de nosotros mismos para encontrarnos con los otros, para pasar del yo al , para conseguir que nos importen los demás.

   El tercer paso, comprometer la libertad en la construcción de un nosotros (familia, comunidad, barrio, nación y humanidad). Es decir, asumir un compromiso socio-político más justo y solidario.

   Estos tres caminos complementarios, evolutivamente no siempre se dan a la vez, sino que en distintos momentos o circunstancias de nuestra vida subrayamos uno o lo destacamos sobre otro, sin que esto signifique que neguemos o abandonemos los otros, sino que estamos priorizando.

18 3 17 2   Finalizó Emma su exposición acercándose a Jesús, destacando que en sus parábolas quiso poner de relieve la alegría vital (banquetes, bodas, fiestas, hijos que vuelven a casa y celebran una fiesta, ovejas descarriadas que se recuperan, monedas perdidas que se encuentran… cuyos protagonistas invitan a sus vecinos y vecinas a compartir su alegría).

   Jesús fue un hombre que vivió con un propósito y con un sentido. A través de los evangelios se descubre que trabajó por ser Él mismo, desarrolló una autonomía relacional y luchó por no dejarse condicionar por las presiones de su entorno.

También los evangelios nos muestran un Jesús que sufre tentación y se conmueve, que tiene miedo y angustia, que tuvo que vencer condicionamientos internos para ser fiel a su verdad, que fue Él mismo, desde el amor y para el amor. Esa fue su vida. Desde ahí podemos decir que hizo de los demás un porqué.

   Jesús no fue un hombre solitario. Buscó intimidad y amistad, creó una comunidad –muy difícil por su diversidad– sin discriminación alguna (hombres y mujeres, ricos y pobres, pecadores y justos); acogió a sus amigos como eran, siguió confiando en ellos a pesar de la traición de uno, de la negación de los otros, de la huida de todos. Y no se equivocó, porque su mensaje, a pesar del paso del tiempo, ha llegado a nosotros.

   Comprometió su vida en la construcción del Reino de Dios, construcción de un mundo de hijos e hijas, de hermanos y hermanas. Este fue el sentido de su vida. Por eso vivió y por eso murió. Acogió el sentido de la vida que le daba su fe en Dios. El último fundamento de la vida, para Jesús, es el amor, que es nuestro origen, sustento definitivo, un amor que no falla nunca.          

   Dice el Cantar de los Cantares “Grábame como un sello en tu brazo, como un sello en tu corazón, porque es fuerte el amor como la muerte; es cruel la pasión como el abismo; es centella de fuego, llamarada divina: las aguas torrenciales no podrán apagar el amor, ni anegarlo los ríos. Si alguien quisiera comprar el amor con todas las riquezas de su casa, se haría despreciable”. Hacer del amor el eje de la vida significa que el sentido de la vida no es otro que desarrollar en cada uno la capacidad de saber dar y recibir amor. La vida de cada persona vale no por lo que tiene, por lo que hace, sino porque es capaz de amar y dejar de amar.

   El amor es algo de lo que nadie carece, porque no depende del amor que haya recibido, que está en el nivel psicológico. El amor que somos está en el nivel ontológico. Si una persona no recibe nunca amor, es muy difícil que pueda intuir el amor que es y el amor de Dios.

Texto y fotos: C.C.P.