"Soñar un futuro nuevo para la mujer en la Iglesia"

18 3 16 1   El pasado día 16 de marzo Emma Martínez Ocaña, teóloga, psicoterapeuta y miembro de la Institución Teresiana, visitó el Centro Cultural Poveda para pronunciar su conferencia titulada "Soñar un futuro nuevo para la mujer en la Iglesia". Aunque esta conferencia no estaba recogida, inicialmente, en el programa de las XII Jornadas por los Derechos Humanos, “Mujer y Ciudadanía”, puede ser considerada como una prolongación de las mismas.

   Para entrar en materia, leyó la denuncia que hace el suplemento mensual “Mujeres Iglesia Mundo” del diario oficial vaticano, L'Osservatore Romano, en su edición de marzo acerca de la explotación generalizada de las monjas en la Iglesia Católica. En ella se dice que muchas religiosas trabajan como cocineras, limpian o solamente se dedican a servir la mesa a cardenales, obispos y sacerdotes, a la que rara vez son invitadas a sentarse.

   Si esta –afirmó Emma– es la situación de la mujer en la Iglesia, temas como el sacerdocio de las mujeres parecerían menos urgentes ante el drama de que, por el hecho de ser mujer, estas no tienen acceso a ningún ámbito de decisión en la Iglesia, porque todos ellos pasan por el sacerdocio. Por ello, la reivindicación más acuciante es la de otras maneras de vivir esta Iglesia.

   Continuó diciendo que soñar es imprescindible; si no soñamos, no cambiaremos nada, porque sueño es equivalente a deseo, y éstos son los que cambian el mundo. Como referencia cercana propuso a Pedro Poveda, a quien definió como un soñador.

   Los sueños no siguen un orden lógico ni teológico y no se ajustan a normas establecidas, pero ella se atreve a soñar con una Iglesia inclusiva y paritaria, que lucha contra la pobreza, la violencia, el sexismo, el patriarcalismo, la violación, la violencia, la explotación y el tráfico de mujeres y niñas, etc.

18 3 16 3   Sueña una Iglesia, toda ella ministerial, donde los ministerios no estén concentrados en las manos de los sacerdotes, sino que cualquier miembro de la comunidad, reconocido por la misma, y preparado, sea capaz de ejercer los diversos ministerios, sin discriminación sexual.

   Sueña una Iglesia sensible ante la lacra de la violencia machista, que sea la primera en salir a la calle cada vez que una mujer sea asesinada o maltratada; una Iglesia donde ninguna mujer tenga que aceptar la situación clandestina de amante secreta de ningún clérigo, porque el celibato no sea una obligación, sino una opción en libertad, separada del ejercicio del carisma sacerdotal; una Iglesia que condene con toda contundencia y deje actuar a los tribunales civiles en los casos de pederastia, ya que misericordia no puede ser sinónimo de impunidad.

   Sueña una Iglesia donde las congregaciones religiosas femeninas tengan los mismos derechos que las masculinas, que no tengan que estar supervisadas, ni controladas por los varones.

   Sueña con una Iglesia que recupere la memoria y que reconozca que quien fue tentación no fue la mítica Eva, sino el personaje histórico Pedro, al que Jesús llamó Satanás; una Iglesia que reconozca que Dios creó al hombre y a la mujer a su imagen y semejanza, de modo que nunca más se excluya de la representación de Dios el cuerpo de la mujer y su sexualidad; una Iglesia en la que los preceptos de moral sexual y familiar sean dictados por hombres y mujeres casados.

   Sueña con una comunidad eclesial fiel a Jesús. Él hizo una comunidad de iguales, sin exclusión alguna, sin relaciones de poder jerarquizado, no pidió que llamasen padre ni maestro más que a Dios, porque todos somos hermanos y hermanas. Entonces, –dijo– podremos hablar de una Iglesia inclusiva, servicial y apasionada por quienes sufren.

   Como los sueños son caóticos y mágicos, de pronto imagina a Jesús de Nazaret, contento con lo que ella está soñando, y le pide que escriba una carta en la que Él cuente su manera de visibilizar, tratar y relacionarse con las mujeres y las consecuencias que eso tuvo en la primera comunidad cristiana. En su sueño, Jesús acepta y escribe que denuncia la injusticia y la discriminación con las que son tratadas las mujeres y muestra con los hechos en qué consiste vivir la igualdad fundamental entre hombres y mujeres, ambos creados por Dios a su imagen y semejanza. Lo esencial de lo que cuenta está contenido en el encuentro con una mujer encorvada, que redacta con mucho detalle el evangelista Lucas. Esta mujer estaba encorvada por los demonios del sexismo, clasismo, racismo, patriarcalismo social y religioso. Ella puede simbolizar a tantas mujeres encorvadas en distintos lugares del mundo.

18 3 16 2   En aquel tiempo, la mujer estaba en silencio en el lugar asignado para ellas en la sociedad, en el templo y en la sinagoga; un lugar no elegido por ellas, sino impuesto: el lugar del anonimato y de la no identidad. Eso no es lo que Dios quiere. Su deseo es que esta mujer encorvada y todas las mujeres des-aprendan el lugar asignado por los varones.

Continúa Emma imaginando palabras finales de la misiva de Jesús: “Os lo cuento para que como Yo, vosotras, mujeres y varones, que decís ser seguidoras y seguidores míos, no dejéis de mirar y reconocer a tantas mujeres que hoy viven encorvadas esperando vuestra ayuda para poder liberarse de sus encorvamientos; juntos y juntas podremos entonces alabar a Dios. Me despido de vosotras y vosotros, yo Jesús de Nazaret, el que escandalicé por mi manera de tratar a las mujeres para hacer verdad el sueño de Dios, formar una comunidad de iguales”.

   Finalmente, Emma despierta de su sueño y nos invita a despertar también a nosotros y nosotras, porque no quiere encontrarse con la realidad que ahora todavía viven las mujeres en la Iglesia, y pide que sean capaces de liberarse de sus encorvamientos ancestrales y arriesgarse a tocar lo prohibido por leyes y preceptos patriarcales. Es preciso que mujeres y hombres trabajen al unísono para ir dibujando en la Iglesia la esperanza de ser una comunidad cristiana de hijos e hijas, hermanos y hermanas.

Texto y fotos: C.C.P.