LAS TENTACIONES DE JESÚS

18 3 9 1   El camino del seminario de Cristología continúa, de la mano del sacerdote D. Pedro Heredia. El pasado viernes, 9 de marzo, desarrolló la charla titulada “Las Tentaciones de Jesús“; aunque, a modo de introducción y enlazando con la sesión anterior, comentó brevemente el Bautismo de Jesús que, al igual que los relatos de la infancia, está escrito en midrash haggádico, un lenguaje y estilo que, como ya se ha explicado, consta de tres partes: el núcleo histórico del acontecimiento que los autores relatan, el simbolismo con el que se narra ese núcleo histórico y la tercera y más importante, el núcleo teológico que subyace.

   Ningún evangelista pone en duda el relato del Bautismo de Jesús; aunque mientras Mateo, Marcos y Lucas hablan directamente de este hecho, Juan lo narra de una forma indirecta.

   El hecho de que Jesús se bautizara es difícil de entender incluso por los mismos cristianos, que se preguntaban: ¿cómo puede Jesús dejarse bautizar por Juan el Bautista?

   La respuesta que dio el ponente es que el objetivo del Bautismo de Juan era la conversión, pero Jesús no se bautizó por este motivo, sino para apoyar la misión de Juan el Bautista: “convertíos y creed en el Evangelio”.

   Pasó después a aplicar la estructura del midrash a este acontecimiento. Históricamente no existen dudas de que Jesús se bautizó. Los símbolos presentes en el relato evangélico son tres: “los cielos se abrieron”, con lo que los evangelistas querían decir que Jesús era el Salvador que esperaba el pueblo de Israel, el verdadero profeta; “bajó el Espíritu como una paloma”, lo que representa la unión la misericordia de Dios con el pueblo y, por último, “se oyó una voz del cielo”, expresión con la que los evangelistas quieren mostrar que Jesús es el Hijo del Padre, la Palabra viva, el amado, el predilecto; núcleo teológico que encierra este relato.

   Seguidamente, el ponente se centró en el tema de la sesión para hablar sobre las tentaciones de Jesús, que solamente las narran los evangelios sinópticos de Mateo, Lucas y Marcos. Éste último lo hace de un modo muy sencillo diciendo que el Espíritu lo llevó al desierto, donde pasó cuarenta días sometido a pruebas por Satanás, viviendo entre fieras y los ángeles le servían. Lucas y Mateo, en cambio, narran las tres tentaciones, aunque en distinto orden. Estas tres narraciones parecen dejar claro que Jesús fue tentado; que sufrió tentaciones, como cualquiera de nosotros, porque era humano con todas las consecuencias, tenía la debilidad de todo ser humano, fue tentado como todos somos tentados, aunque nunca le dijo no a Su Padre, nunca fue vencido por una tentación. Este sería el núcleo histórico de estos relatos, que están también narrados en midrash hadggádico.

   La palabra tentación –prosiguió D. Pedro– aparece veintiuna veces en el Nuevo Testamento. De ellas, en veinte significa prueba, y solamente una, en la carta de San Pablo a Timoteo, tiene el significado de prueba pero para el pecado.

   Cuando afirmamos que Jesús fue tentado, entendemos que no fue inducido al pecado, sino que fue probado, puesto a prueba. En este sentido, se puede afirmar que Jesús no fue probado solo en tres ocasiones, sino que toda su vida fue una permanente tentación; desde el principio, hasta la misma Cruz.

18 3 9 2   Los evangelistas han situado todas las tentaciones de Jesús como si hubiesen ocurrido en un mismo día, lo que, lógicamente, no es posible, si se tienen en cuenta los distintos escenarios en que se produce: San Lucas y San Marcos narran la primera tentación como ocurrida en el desierto; en la segunda, el diablo lo traslada al templo de Jerusalén y la tercera, en “un monte muy alto”.

   Por lo tanto, se puede concluir que históricamente Jesús fue tentado como cualquier ser humano; negarlo sería admitir que no fue verdaderamente humano.

   El núcleo simbólico estaría representado por el desierto, el diablo, los cuarenta días, el hecho de vivir entre animales y la afirmación de que los ángeles le servían.

   El desierto, para el pueblo judío, era la prueba. Cuando decimos la vida es un desierto, queremos decir que es una tentación, una prueba constante.

   El diablo o satán no es ningún espíritu maligno, no es alguien; el diablo es algo. La palabra ‘diablo’ proviene del griego ‘diabolé’, que significa ‘calumnia o desavenencia’. Cuando en el evangelio se habla del demonio se quiere decir que Dios siempre es más fuerte que toda tentación. Evidentemente, la referencia al diablo es una manera de hablar. No es un alguien separado de Dios, sino una imagen que expresa nuestro ser inacabado, nuestro ser en desavenencia consigo mismo.

   Los cuarenta días que estuvo en el desierto, no significan ‘treinta y nueve más uno’; con esta expresión se quiere decir ‘tiempo de calamidad’, ‘tiempo de prueba’.

   Estar ‘entre los animales del campo’, nos evoca la imagen de Adán en el paraíso; es decir, expresa la armonía entre el hombre y la naturaleza.

   Y la expresión ‘los ángeles le servían’ quiere decir que Dios reconoce: ‘este sí que es mi Hijo, sí que es mi amado’.

   El núcleo teológico del relato de las tentaciones es que Jesús fue un hombre igual a nosotros, probado como lo somos nosotros, sufrió como todo ser humano, pero antepuso siempre a todo la voluntad de su Padre (“¡Hágase tu voluntad, Señor, y no la mía!”) y no cayó nunca en la tentación.

   Finalizó su exposición con una oración de la liturgia de Laudes:

Hoy que sé que mi vida es un desierto,

en el que nunca nacerá una flor,

vengo a pedirte, Cristo jardinero,

por el desierto de mi corazón.

Para que nunca la amargura sea

en mi vida más fuerte que el amor,

pon, Señor, una fuente de alegría

en el desierto de mi corazón.

Para que nunca ahoguen los fracasos

mis ansias de seguir siempre tu voz,

pon, Señor, una fuente de esperanza

en el desierto de mi corazón.

Para que nunca busque recompensa

al dar mi mano o al pedir perdón,

pon, Señor, una fuente de amor puro

en el desierto de mi corazón.

Para que no me busque a mí cuando te busco

y no sea egoísta mi oración,

pon tu cuerpo, Señor, y tu palabra

en el desierto de mi corazón.

Texto y fotos: C.C.P.