“A JESÚS LO CONDENARON POR DESENMASCARAR LA CORRUPCIÓN”

17 4 21 2Esta es la idea central de la intervención de D. Pedro Heredia el pasado viernes, 21 de abril dentro del seminario de Cristología “Jesús en los evangelios”, bajo el título “Jesús, una vida conflictiva”.

El ponente comenzó reconociendo que el conflicto es inherente a la vida personal y social, y que Jesús, en cuanto hombre, no solo no escapó de él, sino que, a la postre, sería el conflicto lo que le llevaría a la condena y a la muerte.

Posteriormente enumeró los diferentes conflictos que vivió Jesús a lo largo de su vida: su propio conflicto interior, que probablemente le llevaría a preguntarse por el sentido de su misión ante las incomprensiones, traiciones y abandonos que sufrió, incluso de los más cercanos; o el conflicto con el propio pueblo de Israel, que pasará en pocos días de recibirlo con palmas y ramos de olivo cuando entra en Jerusalén a pedir a Pilato su condena a muerte. Jesús, que antepuso siempre el amor a los hombres frente a las normas y exigencias de la religión, se ve repudiado de aquellas mismas gentes que antes tanto lo habían alabado, cuando encontraron en Él amor y respuestas a sus necesidades esenciales –muy probablemente víctimas de la manipulación de las autoridades romanas y judías.

17 4 21 1Pero, sin duda, fueron los conflictos con el integrismo de los grupos religiosos dominantes (fariseos, esenios y saduceos) y sobre todo con el estamento sacerdotal judío los que, finalmente, acabarían con Él.

Jesús cuestiona las prescripciones, muchas veces absurdas, cuando no atentatorias contra la dignidad de Dios y de los hombres, que estos grupos extraían de la Torah –la llamada Torah oral–. Hombre libre, ante el conflicto que le propone optar entre el sometimiento a las prescripciones religiosas y la vida elige siempre la vida: cura enfermos en sábado, come con publicanos y pecadores para mostrar que al gran banquete de Dios misericordioso está invitada toda la humanidad,…

Con su actitud, estaba poniendo en cuestión todo el orden religioso establecido, así como el enorme beneficio económico que obtenían las autoridades. Esto las llevó a iniciar una campaña de descrédito, propalando ideas como que su poder no venía de Dios, sino del diablo, o planteándole sin éxito preguntas capciosas que lo hicieran decir algo en contra de la ley, para poder acusarlo.

El conflicto se agudiza hasta el extremo cuando Jesús decide ir a Jerusalén, aun sabiendo que allí lo iban a matar. El momento en que entra en el templo y expulsa a los mercaderes, intentando desmontar el sistema económico corrupto en que los sacerdotes habían convertido la religión será el detonador de los acontecimientos que vinieron después: la traición de Judas, la entrega a Pilatos y la tibia actitud de éste, que deja la decisión en manos del pueblo, que se ha dejado persuadir por los sumos sacerdotes y el poder político y pide a gritos su muerte.

Seguidamente apuntó algunas posibles causas de los conflictos que vivió Jesús a lo largo de su vida: su modo de concebir a Dios (todo Amor, padre misericordioso, cercano, cuya única preferencia son los que más sufren), tan distinto a la concepción judía; su empeño en poner al hombre por encima de la ley y su concepción del Reino de Dios, que no es, como para los judíos, un reinado político que vendrá por la imposición y la violencia, sino que éste solo llegará con la conversión del corazón.

En definitiva, el conflicto es fruto del choque de dos mentalidades incompatibles e irreconciliables y Jesús prefiere asumir el conflicto antes que renunciar a su concepción de Dios, del reino, del ser humano, que no podían ser traicionados. Jesús nos enseña a ser coherentes y consecuentes. Si la Iglesia es comprometida, será una Iglesia conflictiva, una Iglesia perseguida, como lo fueron las primeras comunidades, por ser fieles a lo que habían recibido de Jesús.

Terminó su exposición D. Pedro Heredia con los conocidos versos de Pedro Casaldáliga: “Me llamarán subversivo./ Y yo les diré: lo soy./ Por mi pueblo en lucha vivo./ Con mi pueblo en marcha voy”, y este precioso poema de Blas de Otero:

EN LA INMENSA MAYORIA

Podrá faltarme el aire, 
el agua, 
el pan, 
sé que me faltarán.

El aire, que no es de nadie. 
El agua, que es del sediento. 
El pan... Sé que me faltarán.

La fe, jamás.

Cuanto menos aire, más. 
Cuanto más sediento, más.

Ni más ni menos. Más.

Texto y fotos: C.C.P.